“LA SOCIEDAD DEL CANSANCIO Y EL CABALLERO DE LA ARMADURA OXIDADA. DE ROBERT FISHER A BYUNG CHUL HAN”.
Una reflexión filosófica y sociológica que relaciona la novela El caballero de la armadura oxidada, de Robert Fisher, con las ideas de Byung-Chul Han sobre la sociedad del cansancio. El análisis aborda la hiperactividad, las máscaras sociales, la obsesión por el rendimiento, las redes sociales, el individualismo y la pérdida del silencio y de los vínculos humanos. El autor invita a recuperar la autenticidad, el sosiego y la capacidad de detenerse para reconocer lo verdaderamente valioso de la vida.
LA SOCIEDAD DEL CANSANCIO Y EL CABALLERO DE LA ARMADURA OXIDADA De Robert Fisher a Byung-Chul Han
Por César Julio de los Santos García
El 1 de mayo de 1987 se publicaba una novela que, bajo la apariencia de un relato sencillo e incluso infantil, escondía una profunda reflexión sobre la condición humana: El caballero de la armadura oxidada, de Robert Fisher. Casi cuatro décadas después, aquella historia conserva una sorprendente actualidad. Su protagonista puede ser leído hoy a la luz de las reflexiones del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, particularmente de su obra La sociedad del cansancio.
La comparación entre ambos autores permite descubrir una inquietante coincidencia: el ser humano contemporáneo corre tanto detrás del hacer, del producir, del aparentar y del alcanzar, que termina olvidando algo elemental: ser.
El caballero de Fisher vive obsesionado con su imagen. Quiere ser reconocido como el mejor, demostrar su valor, mantener brillante su armadura y estar siempre preparado para la próxima batalla. Sin embargo, aquella armadura que inicialmente debía protegerlo termina convirtiéndose en su prisión. Llega un momento en que ya no puede quitársela.
¿No ocurre algo semejante con el hombre contemporáneo?
Byung-Chul Han describe una sociedad en la que el individuo ya no necesita necesariamente de un opresor externo que le diga qué hacer. Se convierte él mismo en su propio explotador. Es el denominado sujeto de rendimiento: aquel que debe producir, avanzar, competir, mejorar, mostrarse y demostrar constantemente que es capaz. Ya no basta con ser; hay que rendir.
El caballero de Fisher parece anticipar, desde la literatura, ese drama.
Su actividad permanente le impide detenerse. Va de un lugar a otro, busca nuevas hazañas y procura mantenerse por encima de los demás. Incluso cuando no está combatiendo, se dedica a contemplar su propia armadura. Su identidad termina confundida con aquello que lleva puesto.
Han advertiría que el exceso de actividad no necesariamente significa una vida plena. Podemos estar permanentemente ocupados y, sin embargo, profundamente vacíos.
El problema aparece cuando confundimos movimiento con dirección, productividad con propósito y éxito con plenitud. ** La armadura de nuestro tiempo**
La armadura del caballero medieval puede tener hoy otros nombres: éxito, estatus, títulos, dinero, apariencia, seguidores, reconocimiento, productividad e incluso una imagen cuidadosamente construida en las redes sociales.
Instagram, TikTok y otras plataformas digitales pueden convertirse en escenarios donde fabricamos versiones de nosotros mismos para ser observadas por los demás. No necesariamente mostramos quiénes somos, sino quiénes queremos que los demás crean que somos. ** La máscara contemporánea ya no es de hierro. Es digital.**
Publicamos lo que queremos que otros vean, seleccionamos nuestras mejores fotografías, mostramos nuestros viajes, celebraciones, logros y momentos felices. Pero detrás de esa representación puede existir un individuo que, paradójicamente, cada vez se reconoce menos a sí mismo.
Hemos aprendido a mirar sin ver y a escuchar sin escuchar.
Grabamos el concierto para demostrar que estuvimos allí y, mientras levantamos el teléfono para conservar la imagen, quizá dejamos de experimentar plenamente la música. Fotografíamos el instante y, en ocasiones, perdemos el instante mismo.
La paradoja es profunda: tenemos cada vez más imágenes de nuestra vida, pero quizá menos experiencia de estar realmente vivos.
El caballero de Fisher quedó atrapado dentro de su armadura. El hombre contemporáneo puede estar quedando atrapado dentro de su propia representación.
El miedo al silencio
Uno de los grandes dramas de nuestra época es nuestra incapacidad para permanecer en silencio.
Encendemos el teléfono al despertar. Revisamos mensajes. Escuchamos música mientras caminamos. Consumimos contenido mientras comemos. Cambiamos constantemente de estímulo. Buscamos llenar cada espacio vacío.
Pero ¿qué sucede cuando desaparece el ruido?
Quizá aparece una pregunta que hemos estado evitando.
¿Quién soy cuando nadie me está mirando?
El silencio puede resultar incómodo porque nos obliga a encontrarnos con nosotros mismos. Y tal vez por eso vivimos rodeados de ruido: porque el ruido exterior puede ayudarnos a no escuchar el ruido interior.
El caballero de Fisher necesita emprender un camino para descubrir algo que había olvidado: su verdadero rostro. Su problema no era solamente la armadura; era haber llegado a confundirse con ella.
También nosotros podemos construir armaduras psicológicas y sociales. Nos protegemos de la vulnerabilidad, ocultamos nuestras inseguridades, evitamos reconocer nuestras heridas y terminamos interpretando personajes.
El resultado es una existencia paradójica: aparentamos fortaleza mientras nos debilitamos interiormente.
Ser alguien frente a parecer alguien
La cultura contemporánea parece haber desplazado progresivamente la pregunta «¿quién soy?» por otra mucho más superficial: «¿cómo me ven los demás?».
Aquí aparece una de las grandes tensiones entre identidad y apariencia.
El individuo deja de construir su vida desde dentro y comienza a hacerlo desde la mirada ajena. Necesita aprobación, reconocimiento y validación. El número de seguidores puede convertirse en una medida de valor; los «me gusta», en una especie de termómetro emocional.
Pero una sociedad que convierte la aprobación externa en fuente de identidad produce individuos cada vez más dependientes de la mirada de los otros.
Por eso resulta tan actual aquella canción de Billy Joel, Just the Way You Are, publicada en 1977: amar al otro tal como es, sin exigirle que modifique aquello que lo hace auténtico.
Hoy pareciera que hemos perdido parte de esa capacidad de aceptar lo original, lo imperfecto y lo natural.
Queremos corregirlo todo.
La fotografía. El rostro. El cuerpo. La vida. La opinión. La imagen.
Y mientras intentamos construir una versión perfecta de nosotros mismos, podemos terminar desconociendo a la persona imperfecta, pero real, que habita detrás de la máscara.
La ambición que no posee, sino que da
Hay una enseñanza particularmente hermosa en la obra de Fisher: el ser humano necesita aprender a detenerse.
Tenemos dos pies para caminar, pero también necesitamos saber cuándo detenernos.
La cultura del rendimiento nos ha convencido de que detenerse es perder. Descansar parece improductivo. Contemplar parece inútil. No hacer nada genera culpa.
Sin embargo, no todo lo valioso puede medirse por su productividad.
Una conversación profunda no siempre produce resultados inmediatos. Una amistad no puede reducirse a estadísticas. Una familia no es una empresa. Una oración no es una transacción. Contemplar un paisaje no incrementa necesariamente nuestro patrimonio.
Y, sin embargo, todas esas experiencias pueden hacernos profundamente humanos.
La verdadera ambición, como sugiere Fisher mediante la metáfora del árbol, no consiste únicamente en acumular frutos para uno mismo, sino en producir frutos que puedan alimentar a otros.
Quizá ahí encontramos una diferencia esencial entre ambición del ego y ambición del corazón.
La primera pregunta: «¿Cuánto puedo obtener?».
La segunda: «¿Cuánto puedo aportar?».
Una sociedad cansada de correr
El diagnóstico de Byung-Chul Han resulta inquietante porque describe una sociedad agotada no necesariamente por la prohibición, sino por la exigencia permanente de poder hacerlo todo.
Debemos ser exitosos, productivos, atractivos, eficientes, competitivos, emprendedores, visibles y permanentemente disponibles.
El individuo se convierte en proyecto.
Y un proyecto nunca termina.
Siempre hay algo que mejorar, algo que comprar, algo que publicar, alguien a quien superar, una meta que alcanzar.
Por eso el cansancio contemporáneo no es únicamente físico. Es existencial.
Es el cansancio de quien nunca siente que ha hecho suficiente.
Es el cansancio de quien descansa con culpa.
Es el cansancio de quien alcanza una meta y, antes de disfrutarla, ya está pensando en la siguiente.
Es el cansancio de quien tiene mucho movimiento, pero poca dirección.
Frente a esta realidad, El caballero de la armadura oxidada adquiere una dimensión filosófica inesperada. El caballero debe iniciar un viaje no hacia la conquista de un territorio, sino hacia el descubrimiento de sí mismo.
Y quizá esa sea también nuestra batalla más importante.
No conquistar el mundo, sino recuperar nuestro propio rostro.
Quitarnos la armadura
Tal vez el gran desafío del hombre contemporáneo consiste en atreverse a quitarse la armadura.
Dejar de aparentar.
Dejar de competir permanentemente.
Aceptar la vulnerabilidad.
Recuperar el silencio.
Volver a conversar sin mirar el teléfono.
Escuchar sin preparar inmediatamente una respuesta.
Mirar a los ojos.
Estar presentes.
Aprender nuevamente a estar con nosotros mismos.
Porque podemos tener miles de contactos y carecer de compañía; miles de fotografías y pocos recuerdos verdaderamente vividos; miles de seguidores y no sentirnos acompañados por nadie.
La sociedad del cansancio necesita recuperar algo que la lógica del rendimiento no sabe medir: la contemplación.
No todo en la vida debe producir.
No todo debe convertirse en contenido.
No todo momento necesita ser publicado.
Hay experiencias cuyo valor consiste precisamente en ser vividas y no exhibidas.
Quizá el caballero de nuestro tiempo no lleva una armadura de metal. Lleva una armadura mucho más sofisticada: la imagen que ha construido para que el mundo no descubra quién es realmente.
Y esa armadura puede llegar a pesar tanto que, después de años de llevarla puesta, ya no sabemos cómo quitárnosla.
Robert Fisher y Byung-Chul Han, desde lenguajes completamente distintos, nos colocan frente a una misma pregunta: ** ¿Estamos viviendo realmente o simplemente cumpliendo con el personaje que hemos construido?**
Tal vez necesitamos detenernos.
Callar.
Mirarnos.
Reconocernos.
Y comenzar nuevamente el camino hacia nosotros mismos.
Porque quizá el verdadero éxito no consiste en ser el primero, tener más, producir más o ser admirado por todos.
Quizá el verdadero éxito consiste en llegar al final del camino y todavía poder reconocer nuestro propio rostro.
Quien escribe es Licenciado en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) y por el Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino.



